Octubre

Con el plomo de la bóveda celeste oprimiendo su nuca, y los recuerdos de los últimos días rebotando contra su sien, Wan caminaba con la cabeza mirando al suelo, mientras por su mente pasaban, como fotogramas perdidos de una película sin montar, los recuerdos de todo lo que les había ocurrido. Podía negarse a afrontarlos, podía tratar de ser el hombre racional que la vida le había empujado a ser, pero habiendo descubierto el placer de entregarse al instinto, le pareció una sucia estafa tratar de poner una capa de cemento que le protegiera del continuo bombardeo de imágenes de todo lo que le recordaba a ella.

El viento frío de la ciudad, que avanzaba impasible y sin descanso entre los edificios hasta darle caza en aquella enorme avenida, ahora vacía, contrastaba con el delicioso recuerdo de cada una de las facciones de su rostro, que tan bien había estudiado, a veces sin ni siquiera ser consciente de ello.

Era lo único para lo que su maltratada cabeza tenía fuerzas en aquel momento.

Recordaba como cada una de las estrías del iris de su ojo jugueteaba alegremente entre el verde y el marrón, sin aparente orden ni concierto, pero transmitiendo una poderosa sensación de significado, como esos cuadros que sólo eres capaz de entender cuando das unos pasos atrás para contemplar la potencia de su mensaje.

Abofeteaba su frente la imagen de su boca, siempre descuidada a la hora de vigilar que aquellas sonrisas criminales escaparan, causando estragos irreparables a su paso.

Le encogía el corazón aquel sonido que no volvería a escuchar, aquel concierto de risa stradivarius para el que ya no quedaban invitaciones, quedando sólo el consuelo de imaginar su belleza bajo la arrolladora consciencia del hecho de que el mejor de sus recuerdos no dejaría de ser una abominable iteración de aquella música que otrora le devolviera la vida.

Quedaban conversaciones, promesas sin formular, palabras que no se dijeron y que hubieran cambiado el rumbo de la historia, de su historia.

Pero todo lo que podía sentir ya era el cielo gris, el atronador viento y la aterradora percepción de que nunca volvería a ser la misma persona.

Generación perdida

No tenemos rostro, ni nombre, pero no hacen falta demasiadas palabras para darnos cuenta de que todos estamos más o menos en el mismo lugar. No hay futuro, dicen.
Ilusos.
Lo que no hay es presente. Nos toca sentarnos a todos en la misma sala de espera, con los mismos trajes baratos comprados en la misma tienda, en distintos tonos del mismo gris.
Antes sólo teníamos que competir entre nosotros. Aguantar los golpes con la esperanza de que los demás se acabaran cansando antes que uno. Ahora, si quedas en pie, algo te golpea y te recuerda que tu lugar está en el suelo, con los demás. Lo llaman coyuntura, mercado, el escenario (ja) menos probable.
Todo esto se te ocurre mientras caminas de vuelta a casa, con tu camisa de becario arrugada, pese a que sólo hace 15 horas que la planchaste.
Antes competíamos entre nosotros.
Ahora nos limitamos a esperar la derrota.
Bienvenidos al infierno de las buenas intenciones.

La vida en la frontera-Santiago Auserón

A veces sopla un viento triste y frío
los días son igual que una condena
de noche se oyen voces que murmuran
un nombre donde sólo hay silencio

Si cruzas por aquí, sé precavido
si alguien te sale al paso no le des la espalda
es bueno hallar con quien hablar, a veces
pero es mejor callar cuando es preciso

No sueñes con el final del camino
pues ya, maldita sea, otros aguardan
para tomar su parte y ganarte
la mano sin moverse del sitio

La vida en la frontera no espera
es todo lo que debes saber

Hay hombres con miradas que fulminan
como el rayo penetra en carne viva
si matas generas un espectro
que siempre ya persigue y acecha

Bailan las mujeres en la hoguera
desnudas, con el rostro cubierto
aquella que concibe tu hijo también
acaba con las voces de lo incierto en ti

Si tienes que jugártelo a una carta
ve de cara al decir tu palabra
pero antes de que el eco la repita
Dios y el diablo te ayuden a estar lejos

Un bosque ardió

Me descubrí adentrándome, sin entender muy bien lo que hacía, en un bosque del que estaba seguro que no volvería a salir tal y como era. A medida que avanzaba, la luz grisácea que bañaba las cortezas de los árboles, se fue transformado en la tenue oscuridad de las sombras proyectadas por las cópas,que sugerían a mis ojos una atmósfera azulada,apenas imperceptible. O tal vez ese azul fuera simplemente mi ánimo.

Realmente no sabía bien que buscaba,pocas cosas comprendía a esas alturas. Sabía que no quería estar en el lugar del que partí, como también sabía que era poco probable que en medio de aquel tupido follaje encontrara las respuestas que estaba buscando. Era una huída. Frenética de corazón.Lenta de paso.No sabía donde estaba.

Hacía tiempo que eso era lo de menos.

Si me desmonté o me desmontaron,quedaba oculto salvo para los pájaros que sobrevolaban aquella siniestra espesura,los cuales, como era de esperar, nunca soltarían prenda. De lo que si estaba seguro era de que habían sobrado partes al volverme a hacer. Algo no encajaba,piezas saltaban de un lado a otro a mi paso. Al defragmentarse mi existencia en pequeños fragmentos,se había desvanecido una parte de mí. Un viento se la llevó,probablemente al norte.

Paso,jadeo,gota de sudor,otro jadeo,otro paso que me cuesta la vida.Mi cuerpo tiraba de mí en la dirección de la que provengo ,lucho por llevarle la contraria.

Tropiezo.Caigo.Quedo postrado en medio de aquella nada que me devoraba.

100 años

Cien años dan para muchas cosas…

En cien años puedo aprenderme de memoria el número de lunares de tu brazo derecho.

También puedo hacerte sonreír 207.360.000 de veces.

Puedo adivinar lo que estás pensando 5.000.000 de veces.

Puedo abrir el confesionario 36500 veces.

Da tiempo para que me muerdas la mejilla 100.000 veces.

Nos alcanzará para  ver “Sexo en Nueva York 5:¡Nunca pensé que hubiera tiendas en el asilo!”

Te puedo dar la mano 2.500.000 veces.

Me puedes decir “quessesssssto” 875.000 veces.

Puedes mostrarme tu asombro a la par que me ofreces golosinas un millón de veces.

Puedes perderte por la Isleta 80 veces.

Podemos discutir por boberías 100.000.000 de veces,hasta cuando yo tengo razón (casi siempre).

Me cogerá el teléfono una cantarina recepcionista preguntando “¿Quién eeeeeeeeeeeees?” 40.000 veces.

Y aún así,siempre me parecerán pocas.

Darte las gracias sería vulgar.

Ojalá sean 200.

Ya lo dijo Murakami…

Con respecto a la entrada anterior,leyendo a Murakami he encontrado una descripción bastante acertada de la sensación a la que aludía,esa…tristeza casi eterna,que no puede ser interrumpida con el simple derramamiento de lágrimas.

“Hubiese querido deshacerme en lágrimas,pero no podía llorar. Era demasiado mayor para hacerlo, había tenido demasiadas experiencias en mi vida. En este mundo existe un tipo de tristeza que no te permite verter lágrimas. Es una de esas cosas que no puedes explicar a nadie y, aunque pudieras, nadie te comprendería. Y esa tristeza, sin cambiar de forma, va acumulándose en silencia en tu corazón como la nieve durante una noche sin viento.”

From the pit

Difícil de explicar con palabras…

Uno siempre piensa que cuando toca encajar un golpe,la reacción habitual es patalear,chillar,rogar,llorar y ese tipo de cosas.

Pero esto…

Una pena tan honda que ni siquiera te deja fuerzas para suplicar…

Puede que sea un mecanismo de autodefensa del cuerpo,una especie de morfina de origen natural que anula la expresión de tus emociones,aunque éstas sigan ahí.

Pero no puedo rendirme. Mi cabeza me lo pide. Me dice que ya está,que ya no puedo hacer nada. Pero mi cuerpo no me deja. Mi cuerpo me ordena que si caigo de esta montaña cincuenta veces, me levante y lo intente por quincuagésimo primera vez.

Y mi cabeza ya me ha hecho cometer demasiados errores,así que he decidido mandarla a la mierda.

Me aferraré a un clavo ardiendo.Un clavo al que nadie me ha dado permiso para agarrarme.

¿Patético? No, se llama luchar por lo que de verdad quieres.

Ser absolutamente consciente de tus errores,saber que tu situación es única y exclusivamente culpa tuya y pensar que no existe ninguna esperanza para enmendar o darle la vuelta a la situación es lo más parecido al infierno en vida.

Y no es ahí donde quiero estar.

Si fuí capaz de cometer errores tan grandes como para acabar donde estoy ahora,significa que  puedo hacer cosas lo suficientemente especiales como para revertir ese camino.

Ese es mi clavo ardiendo.

Piano bar (I)

El humo se enroscaba con suavidad contra el techo, como buscando sigilosa y apaciblemente un lugar donde acomodarse y observar con tranquilidad lo que en aquella sala acontecía. Conversaciones tenues, los pasos contenidos de los camareros y el choque del acero contra la porcelana eran algunos de los sonidos que envolvían las paredes azul oscuro del local. Pero nuestra atención se centra en otro que destaca por encima de los demás: En una esquina, un hombre, al que aparentemente le quedaban menos años por delante que los que caben en su recuerdo, tocaba en el piano As time goes by. Su ceño fruncido y el sudor que baja de los escasos cabellos blancos que atesora nos hablan del esfuerzo que le supone expresarse en el lenguaje que mejor ha dominado siempre: la música.

Pero no importa, nadie parece escucharle.

En una mesa junto a él, dos personas. Ella lleva un traje negro, que aún deja ver vestigios de lo que una vez hizo que el hombre que tiene delante volviera la vista, hace años, una noche no muy distinta a la que nos ocupa. Mira por la ventana distraída mientras juega con su pelo. Parece que le gustaría estar en otro sitio;tal vez con otra persona. A él no parece importarle; mira el mantel como si buscara en éste algún tipo de significado oculto mientras se lleva a la boca irrisorias cucharadas de lo que quiera que esté comiendo.

El piano ha dejado de sonar momentáneamente, y su ocupante se levanta para desperezarse, lo cual nos permite observar un poco mejor su aspecto y fisionomía. Su traje parece tan añejo como sus huesudas manos. Su cuerpo encorvado y sus estropeadas facciones nos indican que sus contemporáneos hace años que no pisan la calle a tan intempestivas horas.

Busca la mirada del mâitre, sin éxito, y decide que su descanso a terminado.

(Continuará…)