Con el plomo de la bóveda celeste oprimiendo su nuca, y los recuerdos de los últimos días rebotando contra su sien, Wan caminaba con la cabeza mirando al suelo, mientras por su mente pasaban, como fotogramas perdidos de una película sin montar, los recuerdos de todo lo que les había ocurrido. Podía negarse a afrontarlos, podía tratar de ser el hombre racional que la vida le había empujado a ser, pero habiendo descubierto el placer de entregarse al instinto, le pareció una sucia estafa tratar de poner una capa de cemento que le protegiera del continuo bombardeo de imágenes de todo lo que le recordaba a ella.
El viento frío de la ciudad, que avanzaba impasible y sin descanso entre los edificios hasta darle caza en aquella enorme avenida, ahora vacía, contrastaba con el delicioso recuerdo de cada una de las facciones de su rostro, que tan bien había estudiado, a veces sin ni siquiera ser consciente de ello.
Era lo único para lo que su maltratada cabeza tenía fuerzas en aquel momento.
Recordaba como cada una de las estrías del iris de su ojo jugueteaba alegremente entre el verde y el marrón, sin aparente orden ni concierto, pero transmitiendo una poderosa sensación de significado, como esos cuadros que sólo eres capaz de entender cuando das unos pasos atrás para contemplar la potencia de su mensaje.
Abofeteaba su frente la imagen de su boca, siempre descuidada a la hora de vigilar que aquellas sonrisas criminales escaparan, causando estragos irreparables a su paso.
Le encogía el corazón aquel sonido que no volvería a escuchar, aquel concierto de risa stradivarius para el que ya no quedaban invitaciones, quedando sólo el consuelo de imaginar su belleza bajo la arrolladora consciencia del hecho de que el mejor de sus recuerdos no dejaría de ser una abominable iteración de aquella música que otrora le devolviera la vida.
Quedaban conversaciones, promesas sin formular, palabras que no se dijeron y que hubieran cambiado el rumbo de la historia, de su historia.
Pero todo lo que podía sentir ya era el cielo gris, el atronador viento y la aterradora percepción de que nunca volvería a ser la misma persona.
